una historia de amor a dos orillas

FuegoyHielo

la indígena y el vikingo

Dicen que el fuego y el hielo no pueden estar juntos. Esta es la historia de cuando se equivocaron.

Un guerrero del norte contempla, desde su acantilado, la tierra de volcanes al otro lado del mar pasa la página
Capítulos
  1. I Los dos mundos
  2. II Dos orillas de un mismo mar
  3. III El encuentro imposible
  4. IV Cuando el fuego cruzó el mar
  5. V El vikingo y su escudo
  6. VI La despedida y la promesa
  7. VII Palabras finales
I

Los dos mundos

El vikingo del norte helado y la mujer indígena de la tierra de los volcanes

En el norte del mundo, donde el sol apenas calienta y el mar se traga los barcos, vivía un vikingo. Era un guerrero temido, de escudo siempre en alto. Pero el escudo no lo levantaba contra las espadas, sino contra el mundo entero.

No había nacido de hielo. La vida, a base de batallas y de pérdidas, se lo fue helando por dentro, capa sobre capa, hasta que dejó de sentir el frío. Y con el frío, dejó de sentir todo lo demás. Lo llamaban sereno. Él sabía que era otra cosa. Solo una llama lo mantenía vivo: una niña, su hija, la luz por la que habría cruzado cualquier mar.

Al otro lado del océano, en una tierra de volcanes donde la primavera no terminaba nunca, vivía una mujer hecha de fuego. Llevaba la luz por dentro, pero había caído en un lugar donde casi nadie sabía mirarla de verdad, donde su calor se daba por sentado. Ardía igual, aunque pocos se acercaran a calentarse en ella.

II

Dos orillas de un mismo mar

Las dos orillas de un mismo mar: el faro del norte y los volcanes del sur

El mundo del vikingo era el confín de la tierra, el lugar donde el suelo se acaba y solo queda mar. Acantilados, faros, olas rompiendo contra la roca, un viento que no perdonaba. Un sitio hermoso y duro, como él.

El de ella era lo contrario en todo: selvas que respiraban, volcanes que guardaban fuego bajo la tierra, y un calor que nunca se apagaba.

Entre los dos, el mismo mar que a uno le helaba los huesos y el otro ni siquiera conocía. Vivían en orillas opuestas, cada cual en su extremo. Ninguno buscaba al otro. Ninguno imaginaba siquiera que el otro existía.

III

El encuentro imposible

El encuentro al borde del mar, con una sola hoguera entre los dos

Nadie sabe bien cómo, pero un día el mar, que casi siempre separa, decidió por una vez unir. Fue justo en el confín del mundo, donde la tierra se acaba y ya nadie espera nada.

Y lo primero que hubo entre ellos no fue la mirada ni la voz. Fue algo más viejo y más hondo: un instinto primitivo, una corriente que los dos notaron a la vez y que ninguno supo explicar. Como si los cuerpos se reconocieran antes que las cabezas.

El vikingo, que llevaba años sin sentir nada, notó de pronto un calor que no quemaba. Y por una vez, en lugar de levantar el escudo, se quedó quieto, dejando que aquel fuego lejano le rozara el hielo.

IV

Cuando el fuego cruzó el mar

La mujer de fuego en el umbral nevado, recibida por la niña

Entonces la mujer de fuego hizo lo que casi nadie haría: dejó su vida a un lado, se subió a un barco y cruzó el océano entero hasta la tierra helada del vikingo. Solo por estar.

Fueron diez días. Diez días en los que el hogar de hielo, por primera vez en mucho tiempo, tuvo fuego dentro. Pero lo más grande, lo que ni el propio vikingo esperaba, fue otra cosa: su hija, la niña que no dejaba entrar a nadie en su mundo, miró a la mujer de fuego y le abrió la puerta.

Y cuando una niña así abre la puerta, es porque ha visto algo verdadero. El vikingo lo supo entonces. Aquello no era un fuego cualquiera. Era el fuego que le faltaba a su casa.

V

El vikingo y su escudo

El vikingo baja el escudo y su coraza de hielo empieza a deshelarse

Pero el hielo no se derrite sin pelear. Una noche volvió el viejo reflejo: el miedo le susurró que cerrara, que la apartara antes de que doliera, que regresara a su norte donde no se siente nada y por eso nada hace daño.

Y el vikingo levantó el escudo. Estuvo a punto de hacerle daño, sin querer, solo por protegerse. Detrás de aquel escudo vivía un lobo viejo y asustado que le repetía, desde siempre, que todo lo bueno termina por perderse.

Solo que esta vez pasó algo nuevo. Esta vez el vikingo se vio a sí mismo levantando el escudo. Reconoció al lobo. Le puso nombre. Y por primera vez en su vida, en lugar de esconderse detrás, lo bajó. Eligió el fuego, sabiendo que el fuego también puede doler. Porque ya había entendido que no sentir nunca fue estar a salvo. Era solo otra forma de estar muerto.

VI

La despedida y la promesa

La despedida en el muelle, con el barco a punto de zarpar y la niña abrazada

Pero todo fuego que cruza el mar ha de volver a su tierra. Y llegó el día en que la mujer tuvo que regresar a sus volcanes. No se iba porque quisiera. Se iba porque debía, por cosas que no dependían de lo que sentía.

En el muelle lloraron los dos. Y lloró también la niña, agarrada a ella, porque también la había querido.

Eres el calor de mis días.

Y el vikingo, que nunca decía esas cosas, que llevaba media vida sin decirlas, se las dijo de vuelta, mirándola. Y prometieron contar los días hasta el próximo cruce. Porque el mar ya los había juntado una vez. Y lo haría de nuevo.

VII · Palabras finales
El guerrero solo en el acantilado, con una hoguera que no se apaga

Dicen que el fuego y el hielo no pueden estar juntos. Que uno apaga al otro.

Pero a mí el fuego no me apagó. Me desheló. Me enseñó que el hielo nunca fue mi naturaleza, sino mi miedo. Pasé media vida creyendo que no sentir era estar a salvo, y vino una mujer de fuego desde el otro lado del mar a demostrarme que estar a salvo no es no sentir, sino tener a quién sentir.

El mar nos separa otra vez. Pero el mar ya nos cruzó una vez, cuando nadie lo esperaba. Y un vikingo siempre vuelve al sitio donde dejó su fuego.

Hasta el próximo cruce